Elisabeth Dmitrieff

Por Dana Hart

«Soy Elisabeth Dmitrieff. Soy Elisabeth Dmitrieff. Soy Elisabeth Dmitrieff. Me lo repito tantas veces como sea posible, para no olvidarlo yo misma, en el fuego constante de las barricadas. No paran de sonar las bayonetas y los gritos infartantes de una humanidad que se agrieta como un muro. Miro a mi alrededor y las industrias y talleres que hasta hace días funcionaban como cooperativas, están con los portones cerrados, puesto a que estamos aquí, en el frente de batalla.

Se escribirán libros y películas que muestren estas escenas completas, desde el final, con los cadáveres en el suelo, las ropas harapientas y el polvo de un París atrapado. Intentarán recordar nuestras caras, nuestros apellidos, el legado que creyeron dejar hecho añicos en el suelo. Buscarán el modo de evadir o propagandizar en nuestra contra, algunas historias, como la parte en la que trozamos en pequeñas partes el caballo de un oficial, presas del hambre, o aquel día en el que un hombre murió encerrado el día de su cumpleaños, condenado por haber escrito tan solo un artículo, o por no prestar juramento a Napoleón. Dirán que nos resistimos con sangre en los rostros y que un río púrpura recorría las calles. Se pondrán a contar, como si fuésemos billetes, piedras, galletas en una vitrina y dirán que fuimos 15.000, 30.000 o 100.000 personas muertas.

Se que es mayo de 1871, pero ya no recuerdo en qué día estamos, no hace mucho fundamos la Unión de Mujeres, que al parecer y como va la cosa, nunca podrá tener su última reunión. ¿Qué dirán de eso los periódicos? ¿Qué dirán las malas lenguas del hecho de que pese a toda esta revuelta, no hayamos tomado el Banco Central, que tan estancadamente nos esperó, durmiendo tras sus cristales?

 Quisimos salir de Paris, avanzar más allá, pero los soldados de Versalles ya estaban dispuestos, no nos dieron tregua. No es tan fácil. Nuestros cañones también están dispuestos. Expectantes. Esperando el día en el que caigan las banderas que explotaron nuestros corazones. Explotan si, como explotaron por los aires a una chica que repartía cerezas, cuando se aprestó a posicionarse del lado de las barricadas. Explotan, oprimen, reprimen, persiguen, asesinan, violan. Hacen que nuestros ojos cuelguen.

Creen que con la muerte está todo terminado, que pueden, como dice mi amiga Louis Michel, matar a cañonazos a nuestras ideas. Se equivocan. La Comuna de París está más viva que nunca. Porque cuanto más duras fueron las medidas que tomaron, cuanto más represivo fue su actuar, más grande y determinante es la enseñanza para las futuras generaciones.

Puedo ver las moscas sobre París. Sobrevuelan como un ejército de enfermedades, listas para atacar. Bajan. Posan. Frotan sus pequeñas manitos encima de los cadáveres que empiezan a pudrirse. Mañana van a cambiar el nombre del distrito XI y seguramente le pondrán el honorable apellido de algún oficial que disparó contra la masa insurrecta. Caminarán de nuevo las gentes como si no hubiese pasado nada. Como si los destinos de la humanidad no hubiesen estado al filo de ser definidos, revolucionariamente. Pero la comuna vivirá, renacerá, una y mil veces, adquirirá otras formas, otros nombres, con la fuerza pionera de la inevitabilidad histórica. Soy Elisabeth Dmitrieff. Soy Elisabeth Dmitrieff. Soy Elisabeth Dmitrieff.» 

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Te quiero compartir esta versión libre y gratuita, que emula el método que utilicé para escribir el libro Histe(ó)ricas de la Editorial Gafas Moradas, pero en una sola sesión de estilo focus group psicoterapéutico y con otras mujeres históricas y disidentes, Flora Tristán, Kate Millett, Betty Friedan y
Dora: ¡Volcánicas! 💚

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